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Los cuartos

    Qué lástima, dijo Olga recorriendo con ojos apenados la hermosa
geografía del arbolito de Navidad, anacrónico desde hacía veinticuatro
horas, cuando los Reyes Magos dejaron los regalos junto a su base
cálidamente nevada de algodón.
    Marina, que por entonces estaba en un período de benevolente
indiferencia, se alzó de hombros y le dijo que si le daba lástima, no lo quitara.
    —¿Dejarlo ahí más días? —preguntó Olga.
    —No.
    —¿Entonces…?
    —Dije que no lo quitaras.
    La miró sin comprender y recibió el silencioso mensaje de aquellos
ojos verdosos y autoritarios. El mensaje decía claramente déjalo para
siempre. Olga asintió aún confusa, después se llevó las manos a la boca
para contener la risa: ¡un arbolito de navidad perenne!
    Y no lo tocó. Los niños se regocijaron al volver de la escuela y
hallarlo allí, pero una semana después comenzó a molestar un poco,
porque todo el mundo preguntaba qué estaba pasando que no lo
acababan de desmontar.
    Fue entonces que decidieron llevarlo al cuarto de atrás, una
habitación donde, a partir de entonces, siempre sería Navidad. Eso
ahorraba esperar la beatífica alegría por decreto de diciembre, pues
bastaría entrar a la habitación y, previo acuerdo, cenar el 24 con lechón y
rabanitos, trinchar el pavo el 25, tragarse las doce uvas el 31, y dejar que
los villancicos fluyeran sin limitaciones epocales. Por supuesto, cada día
seis, amanecerían regalos al pie del árbol.
    René dijo que estaban cada vez más chifladas y Esteban ni siquiera
movió la butaca, donde tomaba su tacita de café después del almuerzo,
para facilitar el traslado. Olga y los niños avanzaban por el pasillo a
duras penas, mientras Marina, allá en el fondo, decía cuidado, despacio,
un poco a la derecha, la estrella se cae, ahora sí, ¡adelante!
    La iniciativa fue base de otros planes. Si había más cuartos en la
casa, porqué no perennizar las buenas temporadas en ellos. El Circo,
exigieron los niños; el Carnaval, dijo Martica que ya despuntaba y era
muy fiestera. Y Marina, en su calidad de neo devota, adquirida después
de los cincuenta, acotó que en ese caso, también debíamos recordar la
Semana Santa.
    El entusiasmo colectivo hizo avanzar todo aquello bastante bien. En
marzo, además del cuarto del arbolito ya teníamos uno con serpentinas,
globos, caretas y una prudente provisión de arlequines, patinadoras y
gitanas. Y otro con imágenes y paños morados, muy bien ambientado
por Haendel y cuanto réquiem encontramos entre las amistades.
    Nada pudo hacerse en paz, pues los curiosos menudeaban, llegaban
falsas visitas cuyo propósito era husmear, pero no hay fundación sin
dificultades. Los hombres se pronunciaron por un plan de eterno
verano que hizo cavar una piscina en el sótano y adjuntarle un bar en
el cual siempre había una delegación de huevones visitantes. Y no faltó
la imposición de Renecito de habilitar una garzonier en el cuarto de
desahogo de la azotea, único espacio aún disponible. Razón no le faltaba.
Si todos disponían de sus regocijos a domicilio, ¿por qué tenía él que
andar por ahí trotando sus ardores adolescentes si resultaba tan sencillo
conectar una lámpara roja y traer a una rubia oxigenada para allí? Por
suerte la muchacha resultó anodina y se acostumbró a comer en la mesa
del patio con la trupé del circo, la cual se había instalado en el jardín,
en torno a la jaula del añoso león cuyo domador también era maromero
e intercambiaba inescrutables chascarrillos con el payaso. El grupo
incluía a una ecúyere que ni tenía ni exigió caballo, y todos llegaron de
alguna empresa fracasada por esos caminos de Dios, orientados por la
estrella de los rumores en torno a nuestro proyecto.
    Cuando alguien descubrió que no teníamos cuarto de ciclones, la
cosa se puso fea pues ya las habitaciones sobrantes estaban en uso, pero
desactivamos un baño grandísimo que había en el fondo ya por entonces
solo frecuentado por un viejo fantasma de chaqué y allí pusimos un buen
ventilador, un farol de luz brillante y una hornilla para las chocolatadas
anexas al meteoro. Resultó asombrosamente remunerativo pues algunas
amistades se divertían enviándonos donativos de damnificados.
    ¿Qué tiempo pudimos abatir el tiempo, aislados del mundo en
nuestra propia casa? No lo sé… creo que el entusiasmo duró todo lo que
pudo. Pero los niños crecieron y a ninguno le interesó un proyecto de
fantasías ambientales en plena era electroacústica. Renecito, graduado
de ingeniería en fiordos, se fue para Holanda después de casarse con
una turista de allá que iba para Aruba y se equivocó de isla. Olga, casi
postrada, tararea sus villancicos en cualquier rincón de la casa, por
lo que puede prescindir de los cuartos. Marina, cada vez más devota,
prefiere la vida congregacional de la parroquia. Sus respectivos esposos,
ya jubilados, pasan la mayor parte del tiempo en los parques donde se
reúnen con sus coetáneos, con quienes suelen hablar de los cuartos como
de las buenas cosas pasadas. Martica obedeció el bíblico mandato de
seguir a su marido, un Barrabás que evade la procreación por no sé qué
preocupaciones cromosónicas con las que la responsabiliza a ella.
    En definitiva, me he quedado sola en esto de recorrer las
habitaciones de nuestra antigua alegría, cuyos decorados se depauperan
a ojos vistas… Con frecuencia me reúno con los personajes ambientales
de aquella puesta en escena que, tras el deceso del león, no tuvieron a
donde ir, excepto la ecúyere que se contrató en una firma extranjera
de inflar globos. Comemos juntos en la mesa de la cocina y de cuando
en cuando organizamos una Navidad, un carnaval, un ciclón o una
semana santa. En esas ocasiones, el payaso bozalón tiene la delicadeza
de ponerse su bola roja en la nariz y la muchacha baja con una de sus
batas transparentes. Generalmente nos miramos con cariño pero no
hacemos ni decimos nada, temerosos de desentonar con el lugar, pues
últimamente ya no sabemos bien en qué cuarto estamos.


María Elena Llana

de An Address in Havana/Domicilio habanero (Cubanabooks 2014)