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Oveja negra en el rebaño de la isla

Oveja negra en el rebaño de la isla

 

 

Por Yanelys Encinosa

 

Zurelys López Amaya, autora de varios poemarios. Hoy llega con esta entrega. El cuaderno Rebaños ha alcanzado desnudarse desde el desconcierto, en sucesión de imágenes como fluir de la conciencia, hilván de una imagen que nos llega fragmentada, para devenir autorretrato en movimiento, visión pictórica del sujeto en proceso de anagnórisis, con un discurso lítico, mayoritariamente en prosa y altamente alegórico.

 

Los primeros poemas de la sección inicial del libro, de título homónimo, parecieran contar, por el tono por momentos narrativo que acompaña al matiz fabulador de la oveja amontonada en el rebaño, conducida por el silbido de una flauta siempre al mismo sitio que queda al otro lado del barranco. Pero esa misma reiteración del proceso, el cotidiano círculo vicioso de tropezar con las mismas piedras, de comer lo mismo todos los días, de preferir el equilibrio del lugar, la hierba alta donde apenas se nota su presencia, me sugiere la plasticidad del tedio, y se acerca más a la descripción de una secuencia de imágenes, que a la narración de una fábula.

 

En el aspecto formal juega a confundirnos: bajo el título “Fuimos rebaños” se suceden diez poemas en prosa, numerados a manera de minúsculos capítulos (pseudominicuentos), o minúsculos espejos[1], que sugieren la narratividad de una supuesta historia desde la voz de un –permítame decir- sujeto lírico mutante, colectivo en un inicio, como indica el empleo de la primera persona del plural, en el título mismo y las formas verbales de los dos primeros poemas, que responden a las rutinas de los rebaños; para pasar luego entre el tercer y cuarto poema, a definir desde la posición más distante de la tercera persona, las características del rebaño y su entorno: delinea la mansedumbre, la aparente unanimidad, la inercia de cumplir solícitos o temerosos una incuestionable voz de mando que los guía en círculos[2]; y se adentra luego, hacia el quinto poema, en la primera persona del singular, en la individualidad de la oveja que intenta subir a la cima y la duda la confina a quedarse con las que muestran sabiduría en la quietud, en el silencio.

 

El yo lírico traspasa todo el poemario y sostiene el discurso, todo el ahondamiento interior, la auscultación de sí misma hacia el centro de sus preocupaciones; aunque a ratos habrá que definir, detenerse en el concepto desde la supuesta objetividad de la tercera persona, porque hay que delimitar el móvil, la causa, el resultado - a mi ver -: la libertad, la inconformidad, el desafío; por momentos seguirá siendo necesaria la voz plural, para hallar solidaridad y compañía, la complicidad del lector que también puede padecer esa claustrofobia, ese letargo de sueños, eso que golpea nuestro rostro cada vez que salimos a ver lo que no se tiene.

 

Después de desdoblarse en rebaño, oveja, pasto colinas. Después de vararse en “El Paradero”, donde se espera la libertad, el ómnibus, el tiempo, hay un salto a la esperanza, un movimiento: el sujeto habrá de salir de su estatismo, de su confinamiento a la multitud sedentaria del rebaño, tendrá que actuar, que sembrar “El jardín” cotidiano de la isla, su íntima y pulcra plantación: Mi isla es este jardín inmenso que crece sin mentiras, sin intercambio de monedas. (…) Será un bosque mi jardín.

 

La segunda sección del libro El reflejo de los muros se abre con exergo del poeta Roberto Manzano, en el que se subrayan los muros como laceración. En estos poemas se presentan otras vestiduras de la denuncia y la resistencia. El poder, la fiebre por el viaje, las carencias económicas, las remesas familiares, tópicos del acontecer inmediato nacional, nos asaltan traspasados de un sosegado lirismo, que matiza el discurso reflexivo, filosófico de quien examina la realidad circundante y estudia su posición hacia el centro del cuadro: donde todos miran la isla que sobresale, un buen lugar para el equilibrio.

 

El sujeto toma posesión, posición, en esa realidad: se adueña del parque en una danza con los pies descalzos, o andando despacio por la avenida por la avenida o sentada a la puerta de los arrecifes puntiagudos, donde está la ciudad. A la poeta no solo le agobia su dolor: el estar condenada al olvido, a la soledad de enterrar su útero en la arena; duélele también la corrosión del que trafica humanos hacia otras orillas, la frustración den la muchacha denegada que hoy yace con mordiscos de peces salvajes en la bahía, la desolación del prisionero en el campo de concentración de Auschwitz, o la insatisfacción del amigo poeta que trabajaba de payaso para una ciudad.

 

La prosa breve, sintética, es la vestidura propicia para la desnudez de la conciencia, el fluir del pensamiento en proceso de autorreconocimiento de la realidad interior y exterior. Imágenes sucesivas emergen en el discurso revestidas por un lenguaje diáfano, que juega con la metáfora. En muchos poemas la alegoría se convierte en el recurso estético capital como vehículo del debate ideológico.

 

Desde el verso no puede faltarnos el homenaje a Dulce María Loynaz, como agradecida huésped de la casa del jardín, Isla innegociable en el corazón del Vedado, recinto donde labora la autora de este cuaderno, oveja negra del rebaño, que pastorea su sed en el prado de la poesía.



[1] Título del tercer poemario de la autora

[2] Atributos de los que el editor nos ha advertido en la nota de contracubierta.